El partido invisible

Jesús Villegas Gastélum

Lo que parecía una tarde cualquiera en la sureña villa de Iping Inglaterra cambia súbitamente con el arribo a la Posada The Coach and Horses de un extraño forastero cuyo rostro está completamente cubierto por vendas y lentes oscuros, además de ataviado con guantes, sombrero de ala ancha y un largo saco. Su enigmática presencia genera intranquilidad entre los lugareños quienes posteriormente se percatan que el inquilino solo sale al pueblo por las noches y que su incómoda presencia coincide con una creciente ola de robos en sus casas.

Es la trama de “The Invisible Man” (El Hombre Invisible), libro escrito en 1897 por el visionario H.G. Wells y que inmediatamente se convirtió en un icono de ciencia ficción sobre la invisibilidad, esa intrigante capacidad de no ser visto o de rehuir a ser visto, que en materia de partidos políticos el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha ejercido exitosamente, de manera voluntaria o involuntaria desde que perdió la presidencia del país en 2018.

La forma como el PRI procesó las derrotas presidenciales del 2000 y 2018 no puede ser más contrastante. Mientras en el año 2000, tras 70 años ininterrumpidos ostentando el poder presidencial, tuvo la capacidad de reinventarse al menos cosméticamente para 12 años después volver a ser una opción electoral visible y competitiva, tras la derrota del 2018 el PRI se ha convertido en una opción electoral cada día más invisible y menos competitiva ante los ojos de la sociedad mexicana.

En el 2000 de la mano de sus más experimentados cuadros políticos, de añejas ligas empresariales y sobre todo del manejo experto de su viejo manual de operación política que inverosilmente el PAN decidió preservar y honrar cual biblia yunquista, el PRI supo encontrar su lugar estratégico desde la oposición para mantener un coto de poder que no solo le permitió mantener privilegios y autoridad en todo el país, sino que le permitió prácticamente cogobernar con el PAN durante 12 años y como cereza del pastel nuevamente convertirse en una opción electoral viable en el 2012 de la mano de Enrique Peña Nieto y su “nuevo” y “renovado” PRI, cuyos “nuevos” rostros más significativos eran Javier Duarte, César Duarte y Roberto Borge, que aunque hoy parezcan una mala broma, en ese momento, ante las expectativas no cumplidas de PAN, si encontró eco en los electores.

Tras la derrota del PRI en 2018, al día de hoy el PRI aún conserva 14 senadurías, 48 diputaciones federales, 544 alcaldías, la mayoría en 3 congresos estatales, así como 12 gubernaturas (Campeche, Coahuila, Colima, Estado de México, Guerrero, Hidalgo, Oaxaca, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas), sin embargo 8 de ellas elegirán nuevo gobernante durante las elecciones intermedias del 6 de junio del 2021, donde en total estarán en juego 15 gubernaturas, la totalidad de los municipios en 29 entidades del país, 32 congresos locales y 500 diputaciones federales, donde de acuerdo a las últimas encuestas de preferencias electorales de prácticamente todas las firmas, el PRI tendría muy bajas posibilidades de triunfar y/o reelegirse, principalmente por la carga negativa que acusa como partido, así como al desgaste natural donde actualmente es gobierno.

Año y medio después de llegar al poder tanto AMLO como Morena acusan un desgaste natural que ningún partido político de oposición parece que podría capitalizar de manera clara en la próxima elección intermedia, y en este escenario el PRI parece el más lejano en convertirse en una opción electoral competitiva ante muchos deberes no realizados, como su papel testimonial en el quehacer legislativo donde parecen más un sector de Morena que un partido de oposición, su desconexión del sentir actual de la sociedad, la ausencia de liderazgos reales, la falta de nuevos cuadros, el hartazgo hacia rostros y apellidos ya muy vistos o “quemados” electoralmente, la falta de identidad como partido, el añejo desdén a su base electoral, sectores obrero, campesino y popular cada día más virtuales que reales, la falta de atractivo ante la ciudadanía en especial los jóvenes, así como temas tan básicos de marketing como el cambio de nombre al partido, ya que hoy su nombre carece de sentido al no ser ya ni revolucionario ni institucional.

Ante esta coyuntura lo mejor que pudiera pasarle a los priistas es escuchar el rumbo que claramente les mostró Luis Donaldo Colosio Murrieta el 1 de noviembre de 1993, en su toma de protesta como candidato: “El PRI o es la vanguardia política o su existencia histórica carece de sentido”.

Colosio precisamente era de esos priistas que no se escondían y que no se hacían invisibles ante las coyunturas históricas, exactamente lo contrario a la actual dirigencia que parece haberse quedado congelada e inerte en el tiempo mal entendiendo aquella frase del español Alfonzo Guerra que inmortalizó el líder obrero Fidel Velázquez: “el que se mueve no sale en la foto”.