La estrategia de AMLO: dividir para vencer

Denise Dresser June 10, 2020 at 7:58 p.m. GMT-7

Denise Dresser es politóloga, escritora, columnista y activista. Su último libro es ‘Manifiesto mexicano: cómo perdimos el rumbo y cómo recuperarlo’.

Todos los días, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), elige un enemigo y lo embiste. Desde el púlpito presidencial insulta a los científicos, descalifica a los médicos, trivializa a los técnicos, minimiza a las mujeres víctimas de la violencia, e inventa complots en su contra.

En cada conferencia, un presidente que se dice pacifista y humanista se vuelve peleonero y pugilista. La última iteración de este estilo peculiar de gobernar es la diseminación de un documento, que fue entregado “anónimamente” a su gobierno, el cual consigna la existencia del misterioso Proyecto BOA: el Bloque Opositor Amplio.

El documento señala que un grupo de políticos, empresarios, académicos, activistas y periodistas estaría buscando que Morena, el partido oficial, no obtuviera la mayoría en las elecciones de 2021.AD

No importa que todos los aludidos se hayan deslindado, que el documento no tenga un origen verificable o que el diario El Universal haya sugerido que su promotor es un prominente miembro de Morena. AMLO decidió diseminar noticias falsas porque forma parte de una estrategia política pensada y calibrada. Dividir para vencer. Identificar al adversario para destruirlo. Polarizar para consolidar el poder.

El plan polarizador de la autodenominada Cuarta Transformación no es nuevo, original ni distintivo. Forma parte de un libro de jugadas que se utiliza en países como Estados Unidos, Hungría, Rusia, Turquía, Filipinas y Brasil, gobernados por líderes que usan a la democracia para estar en el gobierno y, una vez ahí, buscan desmantelarla.

Alrededor del mundo, el verdadero peligro para los regímenes democráticos son los hombres fuertes que subvierten las reglas que los llevaron al puesto. Suelen ser políticos insurgentes y anti-establishment, que vociferan contra la corrupción, capitalizan el coraje con el status quo, ofrecen instaurar una democracia más auténtica, prometen gobernar en nombre del pueblo y asumen su voz. AMLO es la versión mexicana del líder desdemocratizador.AD

Al igual que al presidente estadounidense, Donald Trump, no le gustan los contrapesos a su propio poder e intenta debilitarlos. Al igual que el líder ruso, Vladimir Putin, califica todo aquello que no le gusta como fake news e insiste en tener “otros datos”. Al igual que el presidente de Hungría, Viktor Orbán, percibe cualquier crítica como un complot.

Con las medidas que decreta o impone, AMLO argumenta luchar por la democracia mientras eviscera su sustancia. Lo hace, al igual que ellos, con medidas que parecen “legales” pero en realidad son inconstitucionales. Con decisiones que justifica como un combate a la corrupción, pero entrañan un proceso de destrucción. Con acciones que ostensiblemente buscan acotar privilegios, pero terminan cercenando derechos.

Así hay que entender la Ley de Austeridad Republicana, que recorta el presupuesto de instituciones fundamentales como el Instituto Nacional Electoral; la colonización de su partido de la Comisión Nacional de Derechos Humanos; y el desmantelamiento de los órganos reguladores autónomos. El argumento lopezobradorista es idéntico al de sus contrapartes en otras latitudes: eran instituciones caras, ineficientes, capturadas por partidos o élites que previamente ocuparon el poder. Pero en vez de corregirlas, el plan es destruirlas. En lugar de enmendar, se trata de desmantelar.AD

AMLO encabeza la erosión democrática y muchos le aplauden porque recuerdan a los gobiernos previos: los abusos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), los “daños colaterales” del gobierno del expresidente Felipe Calderón, la corrupción en el sexenio del expresidente Enrique Peña Nieto. La maldad de la mafia en el poder. Piensan que un hombre milagroso producirá resultados milagrosos al margen de la evidencia, los datos, la contracción de la economía, la crisis del COVID-19, la ausencia de medidas para crear riqueza y distribuirla mejor. Aplauden a AMLO porque en México la transición se truncó y el sistema de partidos abusó. Como la clase política ha pisoteado a las mayorías, ahora prefieren subcontratar el destino del país a un solo hombre, por más rijoso que sea.

El problema es que esa rijosidad no es solo una cuestión de personalidad. Hay método detrás de lo que parece locura. Pelear le permite desdemocratizar. Combatir le permite desinstitucionalizar. Reñir le permite destruir. Cuando AMLO declara que “son tiempos de definiciones” y se está con él o contra él, convierte a los críticos en adversarios. La oposición legítima pasa a ser una fuerza ilegítima.

Cualquier postura que pida mejorar, transparentar o deliberar es descalificada como una traición a la transformación. Y eso le permite entonces ir quitando, uno por uno, los barandales de la democracia. Los contrapesos como el Congreso se convierten en comparsas. Las instituciones como la Secretaría de la Función Pública se convierten en armas políticas para controlar o amedrentar. La prensa es prostituta, los columnistas son conservadores, los medios son matraqueros. Detrás de la narrativa del lopezobradorismo hay un tufo de golpismo a la democracia. La mexicana sin duda es deficitaria y disfuncional, pero es preferible al caudillismo neopriista que hay en ciernes.AD

AMLO polariza, arremete y erige enemigos imaginarios porque le conviene hacerlo. Para fortalecerse a sí mismo necesita destruir a los demás. La tragedia para el país es que entonces nuestra democracia —con todo y sus defectos— deja de ser un proceso de estira y afloja, negociación y deliberación, disenso y consenso. Se vuelve un juego suma cero, donde para que AMLO y Morena ganen, los “otros” se ven obligados a perderlo todo.

Los profesores de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, lo advierten en su libro Cómo mueren las democracias: la polarización extrema mata. Y el asalto de AMLO está matando el sueño democrático, incubado desde que sacamos al PRI del poder. Parafraseando a Friedrich Nietzsche, el presidente pasó tanto tiempo combatiendo a los monstruos, que ha acabado asemejándose a ellos.

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