Sangre del PRI en la 4T

Raymundo Riva Palacio.

1er. TIEMPO: La victoria de un golpista. Las facciones del PRI que perdieron la disputa por el poder, en 1985, están regresando a la política activa que por la puerta grande les abrió Morena. Las dos grandes cabezas están en las antípodas. Carlos Salinas, el secretario de Programación y Presupuesto que derrotó al entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, en la carrera por la candidatura presidencial. Bartlett nunca se repuso y guardó un enorme rencor contra aquel grupo, hoy llamado —correctamente— por quien lo rescató del ostracismo, el presidente Andrés Manuel López Obrador, como “neoliberales”. Bartlett acaba de dar otro golpe. Jaime Bonilla, a quien introdujo en el ecosistema moreno, acaba de ganar la gubernatura de Baja California y tomó, como una de sus primeras decisiones, designar a Amador Rodríguez Lozano como su secretario general de Gobierno; es decir, a quien mandará realmente en el estado. Bonilla le pagó de esta forma a Bartlett, pero sobre todo a quien lo presentó con él, Xiconténcatl Leyva, quien fue gobernador de Baja California cuando Salinas ganó la elección y asumió la Presidencia. Leyva, quien había importado a dos jóvenes fuereños que después de hicieron grandes amigos, Rodríguez Lozano y Rutilio Escandón, quien hoy gobierna Chiapas, se enfrentó con Salinas desde que visitó el estado como presidente electo, y fue obligado a renunciar 34 días después de llegar a Los Pinos. La leyenda cuenta que fue el ajuste de cuentas de Salinas con aquellos gobernadores en cuyos estados perdió la contienda presidencial. Leyva fue enviado a un cargo de segundo nivel a Washington, que inventó Salinas para sacarlo del país, y como Bartlett, acumuló rencores. En 1994, cuando asesinaron al candidato Luis Donaldo Colosio, Leyva fue uno de los políticos que impulsaron una asonada contra el presidente Salinas para tratar de imponer al líder del PRI, Fernando Ortiz Arana, como el candidato sustituto. La vieja guardia del PRI, que Salinas llegó a definir como “la nomenklatura”, no le pudo arrebatar la decisión de escoger a su sucesor, lo que provocó una ruptura silenciosa el partido que no mostraría su verdadera cara hasta que López Obrador se convirtió en un candidato que realmente podía ganar la Presidencia. En ese momento, aquellos priistas que se agazaparon pacientemente en el partido, salieron de la madriguera. No fueron los únicos, pero sí los primeros que en el oportunismo abierto y sin pudor, se han encaramado en el poder bajacaliforniano por la gracia de López Obrador.

2o. TIEMPO: Priista eres, priista serás. El priismo, ciertamente, se encuentra en las venas de Morena. El presidente Andrés Manuel López Obrador y toda la generación que encabezó la primera izquierda con posibilidades reales de llegar al poder, salieron del PRI. No es algo condenable. Después de todo, como decía Carlos Marx, “es dialéctico rectificar”. Sin embargo, hay priistas que no pertenecen a aquella generación que se están reinventando en la era de Morena. El más circunspecto, Esteban Moctezuma, secretario de Educación Pública, quien comenzó a destacar como servidor público al ser secretario particular de Francisco Labastida, cuando era secretario de Energía y Minas en los 80. Al convertirse Labastida en candidato a gobernador de Sinaloa, él se sumó como su coordinador de campaña y en su administración fue secretario general de Gobierno. En Culiacán conoció a Luis Donaldo Colosio, quien en ese entonces dirigía el Sector Popular del PRI, quien se lo llevó a trabajar con él y más adelante lo presentó con el entonces secretario de Programación y Presupuesto, Ernesto Zedillo. Al morir el candidato Colosio y ser sustituido por Zedillo, Moctezuma se convirtió en su coordinador general de la campaña, y secretario de Estado durante su Presidencia, hasta que regresó a ayudarle a Labastida, como coordinador de su campaña en 2000. De ese grupo, Moctezuma ha ido nutriendo la Secretaría de Educación de López Obrador. Su principal ariete, Luis Maldonado, quien trabajó con él en la campaña presidencial, lo hizo su jefe de Oficina y responsable de Planeación y Evaluación —al desaparecer la Subsecretaría— hasta que falleció hace algunos meses. Peleado con quien le habían impuesto en la Dirección de Comunicación Social, finalmente logró hacerlo a un lado y llevar al cargo a Juan Ramón Flores Gutiérrez, un viejo priista que ocupó esa misma posición en el vilipendiado gobierno de César Duarte en Chihuahua, pero que había sido secretario particular de Moctezuma cuando fue titular de Desarrollo Social en el gobierno de Zedillo. La última adquisición fue Marcos Bucio, a quien nombró subsecretario de Educación Básica, que fue secretario particular y vocero de la campaña presidencial de Labastida, a quien había conocido lustros antes, como secretario particular del candidato que antes fue gobernador. Bucio ha trabajado directamente con Moctezuma desde hace más de 15 años, a quien ahora, como otros que se le han sumado en Educación, arropan y cuidan.

3er. TIEMPO: Los neoliberales priistas de la 4T. El discurso presidencial es machacante. Se acabó la era de los neoliberales corruptos, dice, palabras más, palabras menos, Andrés Manuel López Obrador. El presente y el futuro los ha erradicado, aunque sea de palabra, porque en los hechos, el equipo más experimentado con el cual gobierna, surgió o se consolidó dentro del neoliberalismo que tanto repudia el Presidente. Manuel Bartlett, el director de la Comisión Federal de Electricidad, quien comparte el odio contra los tecnócratas, trabajó estrechamente con uno, el presidente Miguel de la Madrid, quien quería que lo hiciera su sucesor, y después fue secretario de Educación de otro, Carlos Salinas, a quien le aceptó además ser gobernador de Puebla. Esteban Moctezuma, el secretario de Educación, trabajó para tres gobiernos neoliberales sin tener mayor problema. Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores, fue una pieza fundamental en el gobierno de la Ciudad de México como brazo derecho de Manuel Camacho, cuando este se sentía el delfín del presidente Salinas, quien poco antes lo había puesto al frente del PRI en la capital federal. Alfonso Durazo, secretario de Seguridad Pública Ciudadana, trabajó en el gobierno de Salinas y se reinventó con un panista, pero igualmente neoliberal, Vicente Fox. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, fue parte de la primera camada de ministros de la Suprema Corte de Justicia nominada por el presidente Zedillo, cuando hizo la reforma al Poder Judicial. Hay otros miembros del equipo de López Obrador cercanos al priismo que aunque no ocupan carteras en el gabinete, son igualmente poderosos al estar en el entorno presidencial. El más, Alfonso Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, que trabajó muy estrechamente —como su jefe y asesorado— de Pedro Aspe, secretario de Hacienda en el gobierno de Salinas, con quien también trabajó el consejero jurídico de la Presidencia, Julio Scherer. Tras ellos se encuentra Juan Ramón de la Fuente, que fue secretario de Salud en el gobierno de Zedillo, y que hoy es representante de México en la ONU. Yeidckol Polevnsky, la presidenta nacional de Morena, comenzó su vida pública en la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación, donde su primer encargo fue servir de enlace con el gobierno capitalino que encabezaba Camacho, y poco después, en 2002, fue electa presidenta de la Canacintra, donde desarrolló relaciones con el gobierno de Fox. El pasado no condena a nadie, pero el discurso presidencial queda perforado en su determinismo y fobias, al ser excluyente, aunque tendría que admitir López Obrador, sólo en la retórica. 

Publicado por Raymundo Riva Palacio.