WhatsApp desde Alepo: “No hay escapatoria”

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nota alepoPARÍS (apro).- El pasado miércoles 21 de septiembre, aterrado por el diluvio de bombas que se abatía sobre Alepo, Karam al-Masri envió por WhatsApp varios mensajes a sus colegas de la agencia de noticias AFP en Beirut.

“Los bombardeos son tan violentos que el cielo parece iluminado por fuegos pirotécnicos”
“Me escondí en el pasillo”
“Estoy escondido ahora en una de las recámaras”
El jueves 22 envió otros:
“La muerte nos rodea”
“No hay escapatoria”
“¿Dónde esconderse?”
“Alepo está ardiendo. Ya no tengo puertas ni ventanas. Los edificios están en llamas a mis alrededores”.
Y más el viernes 23:
“No cerré los ojos en toda la noche. El olor del polvo es penetrante, sofocante, no me deja respirar”.
“¿A dónde voy a ir? A ninguna parte. Esperamos la muerte. Me llegará el turno”.

Karam al-Nasri es un joven fotógrafo y videasta sirio de 25 años, oriundo de Alepo y quien lleva tres años cubriendo para la AFP el vía crucis diario de los habitantes de la parte oriental de su ciudad controlada por el Estado Islámico (EI) y asediada por el régimen de Bachar al-Asad.

Cuenta Rana Moussaoui, subdirectora de la oficina de la agencia en Beirut, y quien busca mantener el contacto más estrecho posible con él:

“La frase de presentación de Karam en WhatsApp, su medio de comunicación predilecto con nosotros, es bastante lacónica. Dice: ‘Da miedo el olor del hambre’ (…) Hace poco nos confió: ‘Ahora peso 58 kilos. Hace dos meses antes del sitio pesaba 67. Me acostumbré a comer perejil. Ahora me gusta. A mi gata también.’ (…) En los últimos días, desde que se acabó la tregua, lo notamos mucho más sombrío”.

Poco tiempo antes de que las fuerzas aéreas sirias y rusas reiniciaran sus bombardeos masivos sobre Alepo, Karam hizo llegar a sus compañeros de trabajo una breve crónica del caos de su existencia.

Su testimonio prescinde de todo comentario:

“Cuando estalló la revuelta en 2011, yo tenía casi 20 años. Dos o tres meses más tarde fui detenido por el régimen, por el servicio de inteligencia política. Estuve todo un mes en la cárcel, incluyendo una semana en aislamiento total en una celda de un metro cuadrado. Fue horrible pero me liberaron durante una amnistía en 2011. Al principio de la revuelta había manifestaciones pacíficas. Ningún bombardeo. Sólo el miedo a ser detenido y a los francotiradores en la calle.

“Al año siguiente, en julio de 2012, Alepo quedó dividida en dos: el sector este, en manos de los rebeldes, y el sector oeste, controlado por el régimen. En noviembre de 2013 fui secuestrado por Daesh (acrónimo en árabe de Estado Islámico en Irak y Siria). Estaba en una ambulancia con dos amigos: un socorrista y un fotógrafo. Los tres fuimos conducidos a un lugar desconocido. Era peor que en las cárceles del régimen. Fue muy, muy duro.

“El fotógrafo y yo salimos seis meses más tarde, gracias a una ‘amnistía’, pero nuestro compañero, el rescatista, tuvo menos suerte. Fue decapitado tras 55 días de detención. Lo filmaron y nos mostraron el video: ‘Miren a su amigo, es lo que pronto les pasará a ustedes’. Realmente consiguieron aterrorizarnos. Estuve muy angustiado durante toda mi detención, pensando ‘mañana me tocará a mí, pasado mañana me tocará a mí’.

“Todavía recuerdo cada detalle. Los 165 días que estuve en la cárcel de Daesh están grabados en mi memoria. Durante los primeros 45 días nos daban comida cada tres días. Cada comida consistía en media porción de pan árabe, tres aceitunas o un huevo. No recuerdo haber visto a un solo shabbih (miliciano del régimen). Los que estaban detenidos conmigo eran rebeldes, militantes, periodistas.

“Fui torturado en las dos cárceles. Fue peor con el régimen porque querían que confesara para quién trabajaba. Con Daesh, la acusación estaba establecida desde el principio: tenía una cámara y era por tanto un ‘infiel’ para ellos, así que no necesitaban interrogarme.

“Perdí a mi familia a principios de 2014, cuando todavía era prisionero de Daesh. Lanzaron un barril de explosivos contra nuestro edificio, que se derrumbó. Todos los vecinos murieron, también mis padres. Sólo lo supe cuando salí de la cárcel. Mis amigos intentaron disuadirme de ir a mi casa y luego me explicaron lo ocurrido.

“Durante un mes me sentí completamente desesperado. No sólo no tuve noticias de mis padres durante el tiempo que pasé en la cárcel sino que cuando salí, ya no estaban. Estuvieron esperando saber de mí y, al final, no pudieron alegrarse de mi liberación.

“En 2016 la ciudad fue sitiada. Para mí, fue bastante menos doloroso que la cárcel o la pérdida de mis padres.

“Antes de la revuelta, mi vida era muy simple. Estudiaba Derecho en la Universidad de Alepo. Soy hijo único. Lo perdí todo: mi familia, mi universidad. Lo que extraño más es a mi familia, a mi padre, a mi madre. Sobre todo a ella. Me acuerdo de ella todos los días. La veo en mis sueños. Hasta el día de hoy sufro por haberla perdido. Vivo solo, no tengo a nadie. He perdido a la mayoría de mis amigos, que están muertos o en el exilio.

“Mi existencia desde el inicio de los bombardeos de Alepo se resume en tratar de seguir vivo. Es como si estuviera en una jungla en la que tengo que sobrevivir hasta al día siguiente. Huir de los bombardeos, de los barriles. Cuando los aviones se acercan, intento refugiarme en otro edificio. Cuando hay disparos de artillería, bajo a los pisos inferiores. Es una huida constante.

“Antes del asedio, para alimentarme, iba a los sitios de comida rápida. Ahora todo está cerrado. No sé cocinar. Hay días en que como una vez, otros ni una. Recorro el este de Alepo, barrio por barrio, y sólo encuentro alguna lata de algo. Antes del bloqueo estaba todo el día fuera buscando temas para grabar. Con el asedio tengo mucha hambre. Esto me debilita y me quedo más tiempo en casa.

“La idea de convertirme en camarógrafo surgió en 2012. Durante las manifestaciones filmaba con mi teléfono móvil y lo difundía en internet con el objetivo de mostrar que se trataba realmente de una revuelta, que no eran, como pretendía el régimen, sólo una decena de personas y ‘terroristas’. Había gente que no quería más este régimen, quería libertad, democracia, justicia.

“En 2013 empecé a trabajar como videoperiodista independiente para la AFP y, de forma progresiva, mi nivel fue mejorando. Me fijaba en los reportajes de las cadenas extranjeras, en la manera como estaban filmados, en sus ángulos, e intentaba hacer lo mismo.

“Nunca pensé que me convertiría en reportero pero, con el tiempo, me gustó esta profesión. Siento un profundo respeto por el periodismo y soy honesto ejerciéndolo. Aunque sea simpatizante de la oposición y viva en una zona de la oposición, e incluso si he participado en manifestaciones contra el régimen, cuando grabo evito ser subjetivo y tomar partido por la oposición. Si ésta comete un error, lo digo.

“Creo que este trabajo es sagrado. Soy muy prudente: si hay una duda o algo no parece real, no lo filmo. Trabajar con periodistas que viven en el extranjero o fuera de la zona sitiada es como mi ventana para hacer llegar el mensaje al mundo exterior.

“Las masacres y los bombardeos se han convertido en algo habitual, así como las imágenes de niños entre los escombros, los heridos y los cuerpos despedazados. Me he acostumbrado, ya no es como antes. A finales de 2012, en la primera matanza, cuando vi a un hombre con la pierna arrancada, me sentí mal y me desmayé al ver la sangre. Era la primera vez. Ahora es algo habitual para mí.

“Pero lo más duro es volver a ver la casa de mi familia. Hasta ahora no he tenido la fuerza para ir. Desde 2014 es la única zona de Alepo que prefiero evitar. No podría soportarlo”.

El bombardeo de Alepo oriental es tan cruento que Karam al-Nasri limita al máximo sus salidas a las calles en ruinas.

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