Suicidio de cuatro amigos estremece a barrio de Argentina

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nota argentinaCelia pide ayuda, Bárbara también. Estas vecinas de un barrio pobre en la periferia sur de La Plata quieren evitar que otro joven aparezca ahorcado. Cuatro adolescentes que vivían a pocas casas de distancia se han suicidado en el plazo de diez meses. Las vidas de otros jóvenes de la zona casi no se diferencian de las suyas: son muchos los que abandonan la escuela antes de terminar el secundario, tienen trabajos precarios y mal pagados, consumen drogas y tienen familias desmembradas. Hay otro denominador común: la falta de expectativas para salir de esa situación marginal. En Argentina hay casi 13 millones de personas que viven en la pobreza, el 34,4% de la población, según la Universidad Católica Argentina.

Gustavo, Cristian, Leandro y Owen eran amigos desde la infancia. Crecieron en la frontera entre dos localidades, Altos de San Lorenzo y Villa Elvira, y a día de hoy sus casas de ladrillo son las últimas con calles asfaltadas. Un poco más allá, caminos de tierra y construcciones de chapa trazan el contorno de una villa miseria.

Los vecinos denuncian la absoluta falta de interés de las autoridades por este barrio vulnerable, más allá de los planes de asistencia que complementan los bajos ingresos familiares. Ponen como ejemplo que nadie se ha acercado hasta allí para proponer un programa de contención juvenil, tampoco para brindar ayuda contra las adicciones y ni siquiera para averiguar qué les pasó a los cuatro adolescentes aunque, paradójicamente, todos están registrados en la policía como “averiguación de causales de muerte”. El primero de los jóvenes se suicidó en agosto del año pasado; el último, en junio, tal y como reveló el diario El Día de La Plata.

Las preguntas se las hacen sus familiares y seres queridos. Quieren entender por qué decidieron quitarse la vida. Descartan que sus muertes tengan alguna relación con la brujería y apuntan a hipótesis más vinculadas con su difícil día a día. “Yo no sé si será por las drogas, porque los padres no los escuchan, por llamar la atención…”, dice Bárbara. Esta joven de 20 años era la novia de Gustavo, el primero de los cuatro amigos que optó por quitarse la vida. Un mural con el escudo de River Plate recuerda a “Gusty” en la esquina de la que era su calle. Su nombre está tatuado también en el antebrazo de Bárbara, que trabaja en un kiosko a mitad de manzana.
Homenaje a Gustavo en una esquina de su barrio. Enrique García Medina

“Nos conocíamos desde los seis años. Se fue a estudiar a Paraguay, donde vive su padre, y luego regresó. Había dejado las drogas”, recuerda su pareja. Al enterarse de su muerte, asegura que ella también pensó en quitarse la vida. “Pero entendí que hay que seguir, que tengo que ser fuerte”, agrega. El mismo consejo dio a sus amigas cuando fueron ellas las que perdieron a sus novios y sus vidas “quedaron partidas por la mitad”.

Frente al kiosko vive Celia, la abuela de Leandro. Rodeada de nietas, que este martes faltaron a la escuela por la huelga docente, Celia recuerda en el patio de su casa que fue el hermano menor de Leandro, de diez años, quien lo encontró con una cuerda atada al cuello el pasado noviembre: “Le gustaba molestarle, siempre le despertaba…”. Esta mujer -madre de 15 hijos, abuela de 59 nietos y con 15 bisnietos- cree que Leandro se suicidó porque no supo encontrar otra alternativa para superar sus problemas. “Andaba metido en drogas. Su madre pidió ayuda, pero nadie la ayudó”, denuncia. La hija de Celia acudió a hospitales y a trabajadores sociales para intentar que entrase en un centro de desintoxicación, pero nadie le hizo caso.

Celia detalla que Leandro repitió dos veces en Secundaria y lo expulsaron del colegio. Pasó a cursar por las noches, se juntó con adolescentes mayores que él y empezó a consumir drogas, sobre todo marihuana, cocaína y “pastillas”. A los 16 dejó definitivamente las clases y comenzó a trabajar, haciendo algunos pequeños trabajos de albañilería, siempre en negro. Su primo, que también consumía, fue detenido en un intento de robo y finalmente derivado a un centro psiquiátrico. Otro de los amigos de Leandro murió con 15 años por disparos de la policía al robar una moto. Él se ahorcó cuando tenía 19.

Como en muchos otros barrios humildes de Argentina, la Policía inspira más rechazo que confianza. Los vecinos, sin querer identificarse, cuentan que la droga circula libremente “por todos lados” y los uniformados, lejos de detener su venta, la toleran gracias a sobornos.

Ante la ausencia de psicólogos en el barrio -que, por el contrario, son muy numerosos entre las clases medias y altas del país-, el principal lugar de contención son las iglesias. A menos de 100 metros de la casa de Celia está el oratorio Don Bosco, donde trabajan seis hermanas. Explican que las madres de los chicos muertos han acudido a ellas para buscar consuelo y algunas han optado por alejarse de allí. “Muchos tienen padres ausentes, que están de paso, van y vienen, o son alcohólicos, drogadictos… Las que vienen a pedir ayuda son las madres”, explica una de las hermanas.

La mayoría de mujeres de la zona trabaja en cooperativas que prestan servicios municipales y entre los hombres abundan los que se dedican a la construcción. Los hijos suelen seguir los pasos de sus padres y, al igual que casi todos ellos, también trabajan sin contrato y sin seguro médico. En épocas de recesión, como la que atraviesa Argentina este año, el trabajo cae y muchos se quedan sin nada que hacer. “Se necesitan psicólogos para contener a los jóvenes, darles cosas que los motiven, que los incluyan, por ejemplo entrenadores para que practiquen deporte”, continúa la monja.

Aunque en este barrio se han registrado cuatro casos, el drama tiene una dimensión muy superior. El suicidio es la segunda causa de muerte en la población argentina de entre 15 a 24 años, solo por detrás de los accidentes de tránsito. Según las últimas estadísticas del Ministerio de Salud, el 13,8 por cien mil de los jóvenes de esta franja de edad decidieron quitarse la vida. En el total de la población, las defunciones por suicidios bajan al 7,8 por cien mil, pero están por arriba de los homicidios (5,6 por cien mil). Quizás detrás de muchos de estos finales trágicos hay un pedido de auxilio que nadie escucha.

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