Mujeres se rentan para ser “La mejor amiga”

Tokyo. -Es sábado al mediodía y oficinistas, adolescentes uniformados y algunos turistas esperan frente a los semáforos en el famoso cruce de Shibuya en Tokio. Ruri (27) espera pacientemente a que se ponga el verde y, cuando sucede, saluda con la mano a una mujer que se acerca desde el otro lado de la calle. Después de una cortés reverencia, se van a un café cercano, como muchos otros amigos durante el fin de semana.

Pero esta amistad es ligeramente diferente del promedio, hay un precio de por medio: Nonna paga 50 dólares la hora por la compañía de Ruri. Ella es lo que se conoce en Japón como “amiga de alquiler” y trabaja para una agencia llamada Client Partners. (Hemos mantenido los apellidos de los amigos de alquiler y sus clientes en anonimato para proteger su privacidad.)

Con cinco sucursales repartidas por todo Japón, el negocio va bien para Client Partners. De hecho, apenas pueden satisfacer el ritmo de la demanda. Según Ruri, muchos japoneses no pueden mostrar sus verdaderos sentimientos con compañeros de trabajo, amigos o incluso esposos o esposas. Provoca lo que ella llama “soledad existencial”.

Esto es lo que Nonna también experimenta, me explica mientras sorbe un latte helado. Aunque es la primera vez que se encuentra con Ruri, Nonna revela sin reparos toda su vida.

“Hace unos años, dejé a mis amigos y familia en provincia, con la esperanza de encontrar un buen trabajo y un esposo en Tokio. Ahora trabajo en un bar, sirvo tragos para hombres ricos que creen que los amo, pero para mí es sólo trabajo”. A pesar de la gran cantidad de bares donde atienden mujeres en Tokio y en otros lugares de Japón, sigue siendo un tema tabú para discutir con amigos y familiares. Y aunque Nonna gana mucho dinero así, necesita esconderlo en su vida privada.

Asintiendo con la cabeza, Ruri escucha pacientemente el dolor de Nonna. Después de casi una hora, Ruri mira su reloj: “¡Vamos al karaoke!”, dice emocionada. Las chicas se dirigen a un bar con karaoke. Una vez que la puerta de su cabina de karaoke se cierra, Nonna se libera por completo y comienza a cantar sus canciones. Ruri se sienta obediente junto a ella, sacudiendo un pandero. Después de una hora cantando, la pareja se despide. Ruri me dice que no le importa que sus clientes nunca le pregunten cosas a ella: “Se trata del cliente, mi vida es irrelevante. Me alegra ver que ella disfrutó su tiempo”.

¿Se encontrarán de nuevo? Ella se encoge de hombros. “Sólo espero que lo haya pasado bien, eso es todo”.

Unos días más tarde, me entero de que el caso de Nonna es relativamente inocuo en comparación con otras solicitudes enviadas para disfrutar de estas compañías por alquiler.

Aki (27) se sienta en la mesa de un restaurante italiano en el distrito comercial Shinjuku de Tokio. El escenario le recuerda a uno de sus clientes habituales, un ejecutivo retirado llamado Hokuto.

“Se vio obligado a dejar su trabajo cuando cumplió 60 años, la edad oficial de jubilación en Japón”, dice. “Se deprimió. Tenía una posición alta en una agencia de publicidad. De repente, perdió su propósito en la vida”. En un país donde la gente a menudo se identifica por completo con su trabajo, la jubilación puede producir una crisis de identidad.

Él comenzó a beber, dice Aki. Ella recuerda vívidamente su primer encuentro: “Estaba bebiendo como loco; cerveza, sake, lo que fuera. Estaba demasiado ebrio y se portó muy agresivo con el personal del restaurante”.

Mientras Aki explica la situación, arregla su mesa y sirve bebidas tranquilamente. Es fácil ver por qué las personas atormentadas encuentran consuelo hablando con ella.

“Cuanto más nos reuníamos, menos bebía. Se volvió mejor para expresar sus sentimientos. Para los hombres japoneses de su edad es raro hablar de sentimientos, sabes. Le alivió hablar conmigo”.

Le pregunto si alguna vez ha estado en una situación amenazante; si los clientes alguna vez la han asustado. Señala a las personas que nos rodean: “Siempre nos reunimos en lugares públicos, con suficiente gente alrededor. En principio, no vamos a la casa de las personas y nunca me voy a mi casa con un cliente”.

Aki no tiene idea de si Hokuto tiene una familia, o si se reúne con ella sin decirle a los demás. “Pero eso no importa, nuestra relación es platónica”.

Ella tuvo una relación con un cliente, bueno, una relación falsa. Un estudiante universitario llamado Yoshi la llamó con una petición especial: ¿Podría pretender ser su novia por un día? Su abuela estaba enferma, explica Aki, y el doctor dijo que sólo le quedaban algunas semanas de vida. “En Japón, es motivo de orgullo que los hijos tengan éxito en la vida, también en su vida amorosa”, explica Aki.

En otra ocasión, un adolescente le pidió a Aki que se reuniera con ella durante una hora para tomar fotos y compartirlas en su cuenta de Instagram. Otros clientes le han pedido que vaya de compras con ellos o que vean una película en el cine.

Pero hay otros trabajos en los que Aki estaba más preocupada por el bienestar de sus clientes. Sus casos más graves incluyen hikikomori, personas que no han dejado su habitación durante largos períodos de tiempo y viven aisladas. Según el gobierno japonés, alrededor de medio millón de japoneses son hikikomori. A veces los miembros de la familia del hikikomori contactan a Client Partners, con la esperanza de que logren sacar a sus seres queridos de su aislamiento.

“Una vez recibí la llamada telefónica de una mujer preocupada por su hijo. El chico sufría bullying en la escuela. Durante semanas, no salió de su habitación. Lo único que hacía era leer cómics”. Ella usó su interés compartido por el manga para iniciar una conversación. “Eventualmente logré sacarlo afuera. Ahora nos reunimos cada dos semanas en lugares públicos para hablar sobre su vida”.

Aunque los amigos de alquiler deben leer libros sobre psicología y psicoterapia, Client Partners subraya que no puede ayudar a las personas que sufren depresión y les recomienda ver a un médico o terapeuta. Aunque el ámbito para hablar abiertamente sobre salud mental ha mejorado, ver a un terapeuta en Japón todavía no es tan común como en otras sociedades occidentales.

Aki advierte a sus clientes que no son amigos, por mucho que parezca lo contrario. “Lo único que puedo hacer”, dice ella, “es enseñarles a construir amistades”.

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